El hombre invierte la mayor parte de su vida buscando la felicidad. Y muere en esa búsqueda, sin entender que la felicidad se da de pronto, a ráfagas. No hemos perdido del todo la noción de la luz de donde procedemos, y de tarde en tarde un destello casi cegador nos estremece: es que hemos percibido la lumbre del origen, que no puede permanecer dentro de nosotros porque arderíamos como antorchas. Lo mismo ocurre con la felicidad primigenia: la entrevemos a resplandores que, para no cegarnos tienen que ser intermitentes.
La felicidad es un concepto individual. Para los que tienen una acendrada fe en Dios, consiste en eso, en seguir su ejemplo de entrega y de amor. Conozco gente que es profundamente feliz ayudando a otros; dándoles caminos, enseñándoles a tener esperanza, auxiliándolos para que hagan sin tachones la tarea de vivir. Tener fe es, entonces, uno de los presupuestos básicos de la felicidad. Fe en Dios, fe en la gente, fe en sí mismo. La fe es una especie de equilibrio, lo mismo que la paz. Si uno cree en los otros no los verá como los enemigos, como los contendores, sino simplemente como el prójimo, el que está cerca, el que es igual siendo diverso; el que en el fondo es solamente un espejo, y bien sabemos que los espejos son distintos aunque aparentemente sean iguales, y que ya sea una arista extraña, un ángulo de más, un reflejo, una esguince de la luz cambian la figura por más que esta sea inmodificable. La fe en un ser superior ayuda a ese equilibrio, y lo remata, para bien, el creer en uno mismo, en sus posibilidades, el verse como una casa llenas de ventanas por donde caben hacia el interior todas las miradas y donde salen hacia el exterior todos los rincones.
Hay estadios de la vida donde la felicidad es menos difícil. Los niños, salvo casos excepcionales y dolorosos, son felices porque no tiene la angustia que la vida va acumulando sobre nuestras espaldas. Los niños todavía encuentran adecuadas las respuestas, que después, cuando mayores, ya no nos dicen nada. En la niñez el asombro es la felicidad; ese ir descubriendo cosas y sitios y personas y también sentimientos. Pero al crecer ya nada nos asombra, solamente nos duele o nos incomoda. También la gente sencilla está mas cerca de la felicidad que quienes andan cuestionándolo todo. La sencillez tiene un gran parentesco con la infancia: son dos etapas o dos condiciones donde el hombre está limpio desnudo de prejuicios, limpio de culpas y premoniciones. La felicidad es sencilla y es también niña y juguetona y traviesa, y le gusta jugar a las escondidas y meterse en los lugares más obvios, donde solo la encuentran los que tiene el alma limpia y los ojos abiertos.
Pero necesitamos de la felicidad. Precisamos de elle para que la vida tenga algún sentido. Vivir no puede ser solo un ejercicio de amarguras y desesperanzas. Por eso, nos inventamos muletas para que la felicidad camine a nuestro lado. Y esas muletas pueden ser múltiples y cambiantes según las condiciones de cada persona. Las muletas se pueden llamar ilusión, ensueños, amor; en fin, el nombre casi no importa mientras las muletas cumplan con la función de sostenernos y ayudarnos a transitar este camino.
Claro que cada apoyo tiene una contrapartida, la ilusión lleva detrás de sí la realidad, que la destruye, que la devora. La ilusión puede ser la luz de lo que deseamos, lo que nos gustaría conseguir, y la realidad es la sombra que la borra. El ensueño, dentro del cual solemos sumergirnos, es también derrotado por lo cotidiano, por lo inevitable. Y el amor es vencido por el egoísmo, por el temor. Porque amar es darse sin reservas, y todos solemos guardarnos un as en la manga, por nos enseñaron a ser desconfiados, precisamente, a no tener fe.
Yo creo que cada persona tiene su versión de la felicidad. Para algunos, sin dudas despistados, la felicidad puede ser dinero; tener mucho. Pero no saben que quien posee siempre quiere más, y el que es por lo que tiene, nunca es nada. La sociedad contemporánea ha endiosado el dinero, y se ha olvidado que la gente no vale por lo que tiene sino por lo que es. Lo que se tiene se puede perder; lo que se es, permanece, es imperdible, identifica, da un sitio. Para otros la felicidad es mas simple, y creo que quienes piensan en esa forma, están mas en lo cierto. No hay nada menos complejo que la felicidad, no hay nada tan elemental como ella. Para muchos ser felices es creer en si mismos, en Dios, en los otros; es tenderse en un campo de cara al sol, oyendo como suena la vida, las alas de los pájaros, el crecimiento de las frutas, percibiendo los aletazos del perfume desde las aves detenidas de las corolas que se quedaron en un solo estadio de su vuelo, y disfrutando sobre la piel desnuda el proceso que cumplen las hojas purificando el mundo que otros han envenenando.
No sentiremos la felicidad lejana e inalcanzable sino que poco a poco la veremos entronizarse en nuestro corazón, como un ave de alas infinitas. Que hermoso ser entonces como un árbol con un nido en el alma; un nido de donde salgan al tiempo todos los cantos de la tierra, no solo para llenarnos de música, sino para hacer mas fraternal el mundo.

